Rebatir la sucesión, abolir el tiempo: invitar a la ilusión

“El tiempo, si podemos intuir esa entidad, es una desilusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, basta para desintegrarlo.” (Nueva refutación del tiempo. J. L. Borges en Otras Inquisiciones)

En su sexta edición, el Instalar Danza, un programa artístico de la Fundación Cazadores que desde 2020 promueve la creación artística, y cuyas últimas tres ediciones contaron con la curaduría de Maricel Álvarez, actualmente presenta ¿Que xou da Xuxa é esse?, de los artistas Leticia Mazur y Martín Flores Cárdenas, con diseño sonoro de Diego Vainer, iluminación de Santiago Badillo y vestuario de Damasia Arias.

El trabajo es un solo de danza que traba relaciones con el tiempo. Con un pasado que no fue, pero en la escena se hace posible. Con una historia que se encarne por deseada. Con un tiempo abierto a nuevas huellas de humo. Son una anécdota, una noticia falsa y un malentendido las que componen la sustancia en la que el espectador quedará sumergido durante el tiempo que dure la obra y tal vez hasta en los sueños que después vengan.

La bailarina, en su adolescencia, quiere formar parte del show de Xuxa y se presenta al casting para ser una de las dos Paquitas que impone la producción del show en Argentina. No queda. Para el rol, en cambio, las que quedan son Natalia Oreiro y Julieta Cardinali, por entonces dos adolescentes. En 2024 Mazur le manda un mensaje a su amigo Cárdenas que, en medio de un viaje, lo escucha a destiempo y entiende cualquier cosa. Interpreta que quiere trabajar algo vinculado a Xuxa por un video que le manda, en broma, después del mensaje de voz. El director y dramaturgo le responde que le interesa lo de Xuxa y Mazur le cuenta sobre su presentación al casting para bailar con la diva brasileña. En ese momento, los mensajes se multiplican, surge el recuerdo de las cintas diabólicas y los pactos demoníacos que le achacaran a Xuxa a comienzos de los noventas. Las asociaciones empiezan a armar sentido entre ambos y entienden que ahí hay algo.

¿Qué xou da Xuxa é esse? es un viaje a un momento que no retrocede. Puede interpretarse como una crítica diagonal a la metáfora que introduce el espacio para intentar describir el tiempo. De un tiempo pasado como algo que habría quedado atrás, del presente como esto acá, y de un futuro como un supuesto adelante. ¿Pero detrás o ante qué, delante de cuándo? ¿Qué lugar tiene el cuándo si no hay más adónde?

¿Que xou da Xuxa é esse? revisa con alta cuota de humor estas metáforas que, a fuerza de repetirse, se han cristalizado como categorías guardianas de una verdad incuestionable. Metáforas que cancelan la posibilidad de pensar al tiempo como si nada cupiera fuera del espacio.

En la era del reel, a través del consumo compulsivo -también denominada viralización– de breves audiovisuales que circulan a través de redes digitales y plataformas, nos hemos reído a carcajadas delante de la niña brasilera, que harta de esperar grita ante las cámaras: “¿Que xou de Xuxa é ese?” La actitud reconcentrada en el enojo, y la asociación inesperada entre la reacción infantil que se vuelve nombre de la obra prepara el terreno para el humor. Pero, al mismo tiempo, la pregunta por el show, por el tipo de show también retorna al trabajo de Mazur-Cárdenas: ¿es un unipersonal biodrámatico? ¿Es una obra de danza? ¿Es una forma de procesar mediante el movimiento la frustración de la bailarina? ¿O una manera de exorcizar la furia de no haber conseguido el lugar de la Paquita que deseó? ¿Es otra forma de volver presente un imaginario cándido y por eso mismo bello de la infancia? ¿Es otro modo de confiar en que el discurso, las noticias, los dichos, los chismes, las mentiras, los relatos configuran las formas de mundos que armamos? Este show da cabida a todas esas preguntas.

¿Importa si al dar vuelta la cinta se escucha el mensaje del demonio? Lo siniestro se pone en evidencia y el morbo muestra los dientes. La infancia queda hipnotizada por la rubia simpática de ojos celestes que canta para toda la familia, que son los niños, pero tiene poderes ocultos y oscuros con los cuales puede internarlos en el infierno: una remozada versión del viejo flautista de Hamelin, que se los llevará de la ciudad hacia el río por falta de acuerdo entre las partes. ¿Acaso interesó que los marcianos no fueran reales en el relato que Orson Welles hizo por la radio para los norteamericanos que lo creyeron, se asustaron, y obraron en consecuencia? ¿Y cuán falso fue el ataque extraterrestre para la vida de las personas concebidas como un gesto de resistencia ante la invasión? ¿Las sábanas de Los Pitufos, a quienes le atribuyeron relaciones con el diablo, son mentira para el temor que luego de la noticia nos dio usarlas? ¿Los Rolling Stones firmaron o no un pacto con el diablo?

El imaginario genera fantasmas que impregnan la razón. El racionalismo también tiene sus porosidades, no es impermeable. Lo sabía Goya: “El sueño de la razón produce monstruos.” Y, entre otras cosas, una de las ocupaciones de la expresión humana -llamémosla arte, en este caso- es reconocer a esos monstruos, sacudir algunos harapos de sus sombras; cuestionarlos, acaso mojarles la oreja, y soltarlos al mundo.

El malentendido entre ambos artistas quizás haya sido la excusa para ponerse a ensayar, para dejarse llevar por un cuerpo polivalente como el de Leticia Mazur, que además logra una actuación convincente y una mirada de gran potencia, combinadas con la palabra y la dirección claras de Martín Flores Cárdenas. 

Que xou de Xuxa… no es obsecuente ni, mucho menos, autocomplaciente. Si algo de frustración quedaba del pasado, Mazur la sacude y la derrota en escena. La sobrepasa, la aplasta, la muele, la hace añicos, la patea: gana por nocaut. Lo saca al diablo a bailar. Y lo marea. A contrapelo del cansancio lleva su cuerpo al borde del colapso. Produce sonidos con una voz que la atraviesa. Y eso lo sabe Diego Vainer, el músico que compone las pistas sonoras con los ruidos que produce el cuerpo de la bailarina que emite sonidos desde la agitación, con el peso, los roces del vestuario y el pelo, como si no pudiera alojar el sonido que provoca. En las más de cien medialunas que hace alrededor de un centro vacío va armando el círculo donde se erige una especie de altar donde expone zonas que suelen quedar en sombra. ¿Será exorcismo o aborto?

La versatilidad con que rompe la danza contemporánea bajo el derrame sonoro forma una sustancia espesa compuesta de movimientos, luz roja, humo y sombras; otra cosa que un cuerpo. Si el tiempo fue de alguna manera dado vuelta, invertido, ¿en ese otro tiempo qué cuerpo queda?

Por Andrés Manrique

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